viernes, 15 de agosto de 2014

Palestina (Ataque de Israel)


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miércoles, 6 de agosto de 2014

Esperanza

Maximiliano Cladakis     
  
  
Siguiendo al filósofo judeo-alemán Walter Benjamin, podríamos decir que la historia de la humanidad es la historia de una gran catástrofe. Mirar hacia el pasado es mirar hacia  un cúmulo infinito de ruinas donde la opresión, el crimen y la muerte derriban todo ingenuo ideal de progreso. El Anticristo, figura mítica empleada por Benjamin y que podría ser comprendida como la representación simbólica del Mal radical, parece imponerse triunfalmente por sobre todo vestigio de esperanza, de redención, de anhelos de un mundo más justo e igualitario.

    Sin embargo, el propio Benjamin habla de la inminencia de momentos que quiebran con este continuum catástrófico y en donde la esperanza emerge entre los escombros de un proceso marcado por el constante triunfo del Mal. Benjamin, empleando la terminología del mesianismo judío, dirá que se trata de las rendijas desde donde se anuncia la temporalidad mesiánica, la cual otorga esperanza en medio de la desesperación.

   Ayer, 5 de agosto de 2014, se abrió una de esas rendijas en la Argentina. La recuperación del nieto de Estela Carlotto, inesperada, tal vez impensable, dejó atónitos a todos los que, de una manera u otra, acompañamos, apoyamos y admiramos la gesta heroica de las Abuelas de Plaza de Mayo. Estela, símbolo indiscutible de lucha y de compromiso, encarnación misma de la perseverancia en pos de la Memoria, de la Verdad y de la Justicia, encontró al hijo de Laura, su hija, desaparecida, asesinada cobardemente por las bestias que convirtieron a la Argentina en un campo de exterminio y que constituyeron uno de lo momentos más oscuros de nuestra historia.

     Decimos “uno” porque nuestra historia, como decía Benjamin de la historia de la humanidad, también está signada por el triunfo del Mal. Desde el genocidio originario llevado a cabo por los españoles tras el “descubrimiento” de América al genocidio perpretado por la última dictadura cívico-militar, pasando por el genocidio comandado por Roca en su denominada “Conquista del Desierto” y por los bombardeos, persecuciones y fusilamientos contra los peronistas a partir de 1955 (que también deberían ser clasificados como “genocidio”), la historia de la Argentina es una historia que suma escombros sobre escombros, ruinas sobre ruinas.

    En este sentido, la aparición de Guido es, sin lugar a dudas, una ruptura dentro de ese proceso catatrófico. Un acontecimiento que brinda esperanza en medio de la desesperanza, que, al igual que los otros 113 nietos recuperados, iluminan la lucha infatigable de Estela y las Abuelas, iniciada en los tiempos del terror y sostenida, sin claudicación, en los tiempos de una indiferencia cómplice del genocidio que duró décadas, hasta el 2003, cuando la lucha de los organismos de Derechos Humanosse volvieron políticas de Estado.

   Esto, obviamente, no significa que el pasado se encuentre ya redimido, ni que se encuentre sellado el abismo de miles de muertos, torturados y desaparecidos que ciñe nuestra historia. El Abismo y la catástrofe siguen ahí, y lo seguirán estando. Sin embargo, cada nieto recuperado es un acontecimiento que abre una rendija que deja entrever algo de luz en medio de la oscuridad, una luz de la cual Estela y las Abuelas son unos de sus mayores representantes.

miércoles, 16 de julio de 2014

Decencia (Relato)


Maximiliano Cladakis

- Es indecente, simplemente… es indecente – dijo Marta, con cierto aire de indiferencia, como algo que ni siquiera debía de ser dicho por su obviedad, mientras sorbía un trago de su té con limón.

- Yo no lo entiendo... con Juan Carlos le dimos todo -  Respondió, algo compungida ,María Estela, con la mirada perdida sobre la pantalla que se elevaba a unos metros por encima de las mesas y a la que no  prestaba ninguna atención.

- ¿Y yo que tendría que decir entonces? Por Claudia nos sacábamos el pan de la boca, le pagamos la Universidad y después se termina yendo con ese tipo…mejor no me hagas acordar…- replicó Marta, indignada,  aunque no parecía hablar con su compañera de mesa, sino esencialmente consigo misma.

- Es así – suspiró María Estela con tono resignado- Uno hace todo por ellos y, a cambio no le dan ni las gracias, al contrario, parece que nos odian… Antes no era así, no era así…
- ¡Claro que no era así!- exclamó Marta, con voz potente, abriendo expresivamente los ojos por primera vez en la tarde - antes había respeto… y sobre todo ¡Decencia!

- Sí, tenés razón – asintió María Estela bajando la mirada- Antes a los padres se los respetaba… Y no sólo una ¿sabés cómo lo trataba Juan Carlos a mi papá? Como a un señor. Una vez…

- ¿A los padres? –La interrumpió Marta- ¡A todo el mundo se trataba con respeto! A las maestras, a los policías, a los militares ¡Las cosas eran como deben ser! Ya me estoy poniendo nerviosa…

- Sí, todo se vino abajo… en nuestros tiempos la maestra era la Maestra, el policía era el Policia, el militar era el Militar…

- ¡Y ahora cualquier malcriado le pega a la maestra!- Dijo Marta, casi gritando- ¡Y ni hablar de la policía! ¡Les pagan un sueldo miserable y matan a cincuenta por día! Y después, si un policía se defiende vienen los de los derechos humanos… ¿¿Y los derechos humanos de las víctimas?? ¿¿Y los militares?? Es gente grande. Vos los ves y son caballeros. No los dejan ni morir en paz… Cambiemos de tema… siento que se me sube la presión y el médico me dijo que no tenía que ponerme nerviosa.

   Hubo un momento de silencio. Marta aspiraba y expiraba profundamente, mientras sus mejillas abandonaban el color rosa para regresar a la palidez habitual. Su amiga volvía a clavar la vista en la pantalla. Los sócalos pasaban una noticia tras otra de manera intermitente. Sin embargo, los aparatos estaban silenciados, una radio que transmitía una música alegre y despreocupada ocupaba el lugar de la voz de los periodistas. En la mesa de al lado, un grupo de hombres, vestidos con camisa y corbata, que rondaban los cincuenta años, bebía champagne y hablaba, por momentos a gritos, sobre temas que iban de los automóviles al futbol, pasando por los negocios y las mujeres, mientras que, de tanto en tanto, se intercalaban insultos esporádicos hacia el Gobierno Nacional.

- El otro  día me cruce al hijo de Susana – dijo María Estela, reanudando la charla, al tiempo que revolvía con una cuchara por enésima vez su té.

- ¿Cómo anda?- preguntó Marta ya calmada – Ese es un buen chico. Después de que se le murió el padre, se hizo cargo de la fábrica … y a la madre la tuvo siempre como a una reina
 - Lo vi preocupado. Me dijo que andaba con unos problemas con los obreros. Con este tema de que la AFIP los obliga a ponerlos en blanco, los números no le están dando…

    Marta esbozó una sonrisa de resignación. Bebió el último trago de su té con limón y dejó la taza vacía sobre el plato que estaba encima de la mesa

- Es así como está todo, te lo dije mil veces, no dejan vivir a la gente decente.


     María Estela asintió con la cabeza y siguió revolviendo su propio té. De la mesa de al lado, uno de los hombres contaba, con orgullo, cómo se había acostado con la mujer de uno de sus empleados.


martes, 15 de julio de 2014

Israel: un Estado Occidental y Cristiano


Maximiliano Basilio Cladakis

    La religión oficial del Estado de Israel no es el cristianismo, ni su ubicación geográfica se extiende sobre lo que suele ser denominado como región occidental del mundo. Sin embargo, el Estado de Israel es, así y todo, un Estado Occidental y Cristiano. Incluso, quizás, uno de los más radicalizados.

    “Occidental” y “Cristiano” no son, en términos políticos, conceptos que se corresponden a la religiosidad de un pueblo ni a su ubicación territorial. Es más, no sería exagerado decir que “Occidental” y “Cristiano” son configuraciones conceptuales que no tienen nada que ver con la religión ni con la geografía.   Lo “Occidental” y “Cristiano” debe, entonces, ser comprendido a partir de una lógica que trasvasa el ámbito de las creencias y de las territorializaciones.

   El Mundo Occidental y Cristiano es el Mundo Civilizado, más allá de si se trata de Estados que están al oriente o al occidente, o si sus religiones oficiales son el cristianismo, el judaísmo o el budismo. El polo central de  oposiciones partir del cual se configuran los ejes esenciales de las disputas en el plano internacional es, como hace siglos, el binomio “civilización-barbarie”.

    El ser civilizado es el ser occidental y cristiano, incluso cuando no se lo sea. Y viceversa, el ser bárbaro es el no ser ni occidental ni cristiano, aunque sí se lo sea. Venezuela, por ejemplo, se encuentra al occidente de Europa y su religión oficial es el cristianismo. Sin embargo, no se trata de un Estado civilizado, sino de una de las encarnaciones más extremas de la Barbarie (todo esto, vale aclarar, desde la perspectiva de la Civilización). No es, por lo tanto, un Estado ni “Occidental” ni “Cristiano”. Un ejemplo contrapuesto: la religión oficial de Japón no es el cristianismo, y se encuentra en el extremo oriente de Europa (aunque al occidente de América Latina, y, si entramos en detalles, debido a que la tierra es una esfera, también de Europa), sin embargo es un Estado civilizado, por lo tanto, forma parte del mundo “Occidental” y “Cristiano”.

   El argumento carece de toda lógica si comprendemos la lógica desde un plano formal, pero la lógica de, como bien la llama José Pablo Feinmann, la razón imperial es una lógica radicalmente distinta a la de las formalizaciones, y totalmente alejada de principios tales como el de “no-contradicción” ¿Qué es, entonces, la Civilización? A esta pregunta se podría dar respuestas múltiples y variadas. Sin embargo, resumiendo: la Civilización son las potencias mundiales y sus aliados.

   La lógica de la Civilización es, pues, la del imperialismo. “Nosotros somos los civilizados, por lo tanto, somos el Bien; los otros son los bárbaros, por lo tanto, son el Mal”. Este es el fondo de toda argumentación “pro-civilizatoria”, una simple máscara detrás de la cual no hay otro secreto más que el imperialismo: un Estado, un pueblo, una Nación, sojuzgando, masacrando y vejando a otro Estado, a otro pueblo, a otra Nación.

   Israel es, sin lugar a dudas, un Estado civilizado. Sojuzga, masacra y veja a poblaciones enteras. Sin embargo, el establishment internacional guarda silencio. Es lógico: Israel es la Civilización, por lo tanto es el Bien, sus enemigos son la Barbarie, por lo tanto son el Mal. Matar, violar, carbonizar criaturas recién nacidas no es un crimen si se trata de seres infrahumanos. Y, para el Estado Israelí, los palestinos, como todos los bárbaros, son seres infrahumanos. Ellos están en una Guerra Sagrada, no la llamarán Jihad pero es lo mismo, y en una Guerra Sagrada vale todo ya que el Bien lucha contra el Mal, y en esa lucha no hay mediaciones.

   El último ataque de Israel hacia la franja de Gaza lo deja bien en claro: 122 muertos, entre los que se contaban 22 niños, 15 mujeres y 12 ancianos. Sin embargo, no hay indignación ni condena hacia aquellas muertes, como tampoco las hay hacia las políticas de legalizar la tortura, de no dejar entrar ayuda humanitaria al territorio en conflicto, de lanzar fósforo blanco sobre poblaciones civiles, de querer lanzar una guerra nuclear sobre un país que no cuenta con armamento de ese tipo; etc.  

   En un artículo escrito por León Rotzichner, publicado hace unos años en Página 12, el escritor e intelectual señalaba una paradoja trágica: Israel, históricamente, había sido la víctima de las peores atrocidades cometidas por el Mundo Occidental y Cristiano durante siglos, atrocidades que culminarían en la Shoá, sin embargo hoy es el adalid y guardián de ese Mundo Occidental y Cristiano, y en su nombre comete contra los pueblos vecinos, los mismos crímenes que el Mundo Occidental y Cristiano cometió contra él.

     Lo dicho por Rotzichner continúa teniendo hoy una vigencia primordial. Cada acto del Estado de Israel lo afirma más como la vanguardia más radicalizada del Mundo Occidental y Cristiano, y, en cada crimen de Lesa Humanidad que perpetra se afirma más como partícipe de ese mismo mundo que eliminó a más de seis millones de judíos.






viernes, 20 de junio de 2014

Pectorales (relato)



Maximiliano Cladakis

    La ducha caliente había relajado algo sus músculos. El vapor aún fluía dentro del cuarto de baño mientras con una toalla quitaba la humedad del espejo. La imagen que le devolvía aquella superficie  resbaladiza era el correlato perfecto del leve dolor que surcaba sus pectorales. Era un dolor dulce, agradable, la recompensa de un trabajo bien realizado. Ese dolor, que más que dolor se trataba de un cosquilleo, era su orgullo.  Pasó ambas manos por aquellos músculos trabajados. La sensación era increíble. Tocaba y miraba aquella obra de arte, libre de todo pensamiento. Ahí estaba él, en esos pectorales grandes, fuertes, que parecían hechos de acero templado. Tensó los músculos y por un momento sintió un placer casi orgásmico. El y sus pectorales, siendo uno, siendo lo mismo. Ninguna otra cosa importaba en el universo. El universo estaba vacío, sus pectorales eran el universo.

   Salió del cuarto de baño, orgulloso de su desnudez. Hubiera querido que haya alguien para que lo viese en su perfección. Una perfección fruto del trabajo, de horas, de días, de meses, levantando pesas, sacrificándose en pos de un ideal que hubiera parecido irrealizable. En su habitación comenzó a cambiarse. “Por suerte hace calor”, dijo en voz baja.  No debía llevar ningún suéter ni pullover, sólo la remera blanca de cuello en v que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel y que resaltaba su mayor logro. Volvió al cuarto de baño. Se peinó. Luego volvió a contemplarse, ahora vestido, frente al espejo. De nuevo, volvió a quedar cautivado. El tiempo perdió sentido. El universo volvió a desaparecer. Sin embargo, se le cruzó por un segundo la imagen de Mariana. Debía ir a buscarla y no quería volver a dejarla esperando.

    Antes de salir le envió un mensaje de texto diciéndole que en una media hora estaría allí. Salió de su departamento. Vio el cielo nocturno tachonado de estrellas y las luces de la avenida fulgurando intensamente. Había mucha gente en la calle. Algunos vecinos del edificio lo saludaron al entrar. Él tomó aire  e irguió más el pecho, aunque no le hiciera falta. Pasaron unas chicas bonitas que le sonrieron. Él les devolvió la sonrisa. Sus pectorales vibraron. La noche era perfecta. Y él era el dueño de la noche.

   Llegó  a la casa de Mariana. No tuvo que apagar el motor porque ella ya se encontraba esperándolo en la puerta. Ni bien lo vio fue hacia el auto con pasos cortos y presurosos. Entró al vehículo y lo besó para luego bajar el espejo interno del auto y corroborar que el maquillaje no se hubiera corrido. Él la miró de reojo. Estaba esplendida. Llevaba un vestido corto, suelto en la parte baja y ceñido en la parte alta. El escote era pronunciado. Sus senos, perfectos, redondos como dos globos oculares, se mostraban erectos en una actitud de altivez digna de un mandatario del primer mundo. No llevaba sostén por lo que sus pezones se dejaban entrever sutilmente. Estaban en el centro de aquellas dos esferas sublimes. Esos pechos, igual que el suyo, eran perfectos. Pero había una diferencia. El de él era obra de su propio esfuerzo, los de ellas la simple obra de un cirujano. Ella le debía su perfección a un tercero, él no. Al pensar en eso, no pudo ni quiso evitar sentirse superior.

   Estacionó a unos metros del pub. La parte glamorosa de Palermo se mostraba en todo su fatuo esplendor. Ese barrio viejo, reciclado para las nuevas generaciones de “gente de bien” y de turistas, era un collage donde lo folclórico de un pasado de tangos y arrabales se entremezclaba con nombres en inglés y argentinismos exagerados. Él y Mariana amaban ese lugar. Se sentían libres, seguros, un lugar habitado por iguales. No había pobreza, no había fealdad. Ese lugar repleto de extranjeros decentes, no de los ilegales provenientes de los países limítrofes, y de personas que iban a pasar un buen momento era el correlato perfecto de sus cuerpos y de sus vidas. Todo encajaba. Nada estaba de más.

   Entraron al local. Instantáneamente vieron la mesa donde ya estaban Leo, Andrea, Julián, Fernando, Vanina. Se sentaron junto a ellos entre besos, saludos y bromas. Una música brasileña sonaba de fondo mientras las pantallas de LCD mostraban imágenes y videos que nada tenían que ver con esa música. La luz tenue y azulada daba sobre las fotografías colocadas en las viejas paredes refaccionadas. Los rostros de Chaplin y de Gardel adquirían una tonalidad que no habían tenido en más de 70 años. En una esquina James Dean miraba el horizonte sobre una Harley Davidson mientras un cigarrillo colgaba de su boca.

   Las horas pasaban y las cervezas dieron lugar a tragos más complejos y sutiles. A la mesa se habían agregado algunos amigos que habían llegado más tarde. Por momentos, los hombres hablaban sólo entre ellos, al igual que las mujeres; por momentos, la charla se extendía sobre toda la mesa quebrando la diferencia de géneros. Él se sentía increíblemente bien. Sabía que  era el más atractivo de la mesa y  Mariana la más bella. Su risa tenía una tonalidad más limpia, más clara y a la vez más potente que las demás. Cuando hablaba, el resto hacía silencio y lo escuchaba con atención. Su palabra tenía una densidad mayor que la de los otros. Cada tanto  cambiaba de posición para que los pectorales salieran nuevamente a relucir. Cuando lo hacía notaba la forma en que las mujeres lo miraban. Había deseo. Aunque lo trataran de disimular, él lo sabía. Todas las mujeres en la mesa estaban allí con sus parejas, pero él sabía que deseaban estar con él. Incluso, unas semanas atrás, Vanina lo había hecho, a pesar de ser la novia de Julián por más de cuatro años. Julián era su mejor amigo. En un momento casi había sentido culpa, pero después se recordó a sí mismo que esas eran cosas que pasaban. Julián, en última instancia, era un hombre afortunado por tenerlo como amigo, lo mismo que Mariana por tenerlo como novio.

   Al salir el sol, el local se fue vaciando lentamente. Él y sus amigos decidieron irse. Le pagaron al mozo y se levantaron de sus asientos. Algunos estaban algo ebrios, Fernando incluso había vomitado durante la noche. Él, en cambio, tenía resistencia al alcohol. Seguía lúcido y erguido. La mañana despuntaba, los autos se marchaban. Él caminaba delante del grupo, Julián iba un paso atrás mientras le contaba sobre las posibilidades de un ascenso en la empresa. Estaban cansados pero contentos de haber pasado una noche perfecta.

    Sin embargo, cuando se disponían a despedirse para que cada uno tomase su camino, un acontecimiento les hizo sentir que el mundo se desmoronaba. A unos diez metros, un hombre, de edad indiscernible, caminaba hacia ellos. Iba con la cabeza gacha y encorvado, parecía hablar solo. Tenía el pelo negro, la piel oscura, al abrir la boca se le notaba que le faltaban algunos dientes. Iba vestido con harapos. En la mano derecha llevaba una caja de vino tinto. Su caminar era lento, por momentos rengueaba. Parte de sus pantalones estaban mojados, seguramente se trataba de orina. Parecía no tener hombros ni pectorales, sino tan sólo ser una joroba andante.

   Ese ser que avanzaba inexorablemente hacia ellos era la negación de aquella plenitud sin fisuras, sin grietas que había sido la noche. Si bien se veía que era un ser enclenque y que, debido a su ebriedad, un mero empujón bastaba para derribarlo, el grupo fue presa del pánico. Todos se echaron hacia atrás, hombres y mujeres. Él quedó adelante, sólo. Los pectorales se le volvieron a tensar. Miró a los ojos a ese ser infrahumano que seguía avanzando. Este no le devolvió la miraba, seguía con la cabeza gacha. Igualmente no detenía su paso.

   El hombre indiscernible se detuvo frente a él. Él sintió la adrenalina atravesar salvajemente todo su cuerpo. Percibió que los músculos del pecho se agrandaban como nunca antes lo habían hecho, como si estuvieran a punto de estallar. El hombre levantó la mano izquierda lentamente, con la palma hacia arriba, como pidiendo una limosna. Él le lanzó un golpe que concentraba toda la fuerza de sus pectorales. Su puño se hundió en la cara de ese despojo andante que inmediatamente cayó al suelo lanzando chorros de sangre por la boca y la nariz.

    Él se mantuvo en su lugar. Miró, por un segundo, a su rival, inconsciente, tal vez muerto, en el suelo mientras la caja de vino derramaba su contenido y se mezclaba con la sangre. Luego volvió la vista hacia sus amigos. Ya estaban tranquilos, calmos. La serenidad y la perfección habían regresado.

   Se acercaron a él, despacio, con muestras de admiración y agradecimiento en los rostros. Mariana se les adelantó, para abrazarlo y besarlo. Al fin de cuentas, él era su novio y había sido el héroe de la jornada. Él la tomó por la cintura, deslizo una mano sobre su nalga izquierda y tensó nuevamente sus pectorales.



miércoles, 18 de junio de 2014

Patria o corporaciones




Maximiliano Basilio Cladakis

   “Patria o corporaciones” es un lema ya clásico dentro de la militancia kirchnerista. La disyunción es el correlato de la trama profunda  que surca nuestra historia. “Patria” y “corporaciones” dos elementos antagónicos  que constituyen los polos de oposición sobre los que se teje el conflicto originario, irredento, que se abate de manera inexpugnable sobre estas tierras del Sur. La Patria, como proyecto colectivo, como emancipación de los sectores populares, como advenimiento de un futuro libertario e igualitario, se constituye en una dialéctica fundada en la negatividad, a partir del enfrentamiento con su opuesto, el interés minoritario, la exclusión de millones, el anhelo de dominio de las corporaciones.

   El conflicto entre los fondos buitres y el Estado Nacional Argentino, y el posterior fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos se circunscriben en esta lógica agonística. La lacra del poder financiero internacional constituye, pues, una de las corporaciones más poderosas a nivel mundial. Y el poder judicial estadounidense como el garante y legitimador de sus intereses. La corporación financiera transnacional y la corporación judicial del Imperio se aúnan en un mismo proyecto de dominación global. Por un lado, la dominación económica; por otro, la dominación jurídico-legal. En el caso argentino dicho proyecto de dominación tiene como consecuencia necesaria la anulación de la Patria. En este sentido, la sempiterna consigna “Patria sí, colonia no” retoma su sentido más denso: la aceptación de los dictámenes corporativos implicarían la  implosión de la Patria, su conversión en colonia, es decir, la segregación de la comunidad en miríadas dispersas y condenadas a la miseria, la extinción del Estado o (lo que es lo mismo) su colonización por parte de los intereses corporativos. Y que quede claro: sólo el Estado puede custodiar y resguardar los intereses de la Patria, es decir, de la totalidad, de las grandes mayorías.

   La lógica disyuntiva entre Patria y corporaciones, vale aclarar, no se circunscribe únicamente a los embates corporativos que se dan desde “fuera”, sino que involucra también a los que se dan desde “dentro”. La categoría de “cipayo” que, hasta hace un tiempo parecía una mera pieza de museo en las vitrinas del pensamiento local, recobra su potencia original: cuando vemos en los medios hegemónicos de comunicación a candidatos opositores, a “técnicos” de la economía, a conductores y periodistas hacer cargar las culpas sobre el Gobierno Nacional, lo que vemos realmente es a los defensores de los intereses corporativos transnacionales, los cuales, a su vez, y por medio de oscuras y laberínticas asociaciones se encuentran ligados a los intereses corporativos que operan “fronteras hacia adentro”.

  El entramado del complejo corporativo, por lo tanto, se extiende de manera metastásica por entre las distintas instancias de la esfera social: poderes económicos, poderes judiciales, medios de comunicación, partidos y frentes políticos, gremios y sindicatos, incluso. La finalidad es la declinación de un proyecto colectivo sustentado en la voluntad popular y que tiene como finalidad el bien común. Eso es lo que llamamos Patria. Patria, democracia, soberanía,  bien común, voluntad popular son  conceptos ligados de manera intrínseca y que, en su realización efectiva, se enfrentan necesariamente al proyecto de dominio corporativo.  Para lograr comprender la lógica que subyace a este afán de dominio, hay una palabra esencial que devela la verdad profunda de la corporación: “comercio”.  Convertir el mundo en un gran centro comercial, donde todo sea intercambiable, vendible, donde la maximización de ganancias no se vea interceptada por pruritos éticos, morales, políticos o ideológicos, donde el hambre de millones, el saqueo de los pueblos, sólo sea un dato más dentro de una transacción comercial, esa es la finalidad de los embates corporativos. Cuando el economista, o más valdría decir el técnico del comercio, Federico Sturzenegger dijo, al preguntársele sobre las exorbitantes tasas usurarias que favorecían a los fondos buitres, que se trataba sólo de un dato secundario, no hizo más que manifestar la lógica del comercio corporativo. No importan las consecuencias, sólo importan los principios sagrados del comercio, donde la maximización de ganancias, se trate de particulares individuales o de particulares corporativos, justifican absolutamente todo.

    La Presidenta de la Nación, en la Cadena Nacional del último lunes, dijo que, a diferencia de la mayoría, no se sorprendió por la decisión de la Corte Suprema Estadounidense, sino que, por el contrario, era la decisión que imaginaba. No por nada, ella, Cristina Fernández de Kirchner, es la líder del proyecto nacional y popular, su conductora indiscutible. Entre sus demás atributos y virtudes, está el de conocer la lógica inmanente de los poderes que la enfrentan. Ella conoce a sus enemigos, ella conoce, pues, a los enemigos de la Patria.




miércoles, 11 de junio de 2014

Sobre el fallo de Lijo en la causa AMIA

Venas del Sur repudia

Y se solidariza con los familiares de las víctimas del atentado contra la AMIA

El juez Ariel Lijo sobreseyó, ayer 9 de junio, al ex ministro del interior del ex presidente Carlos Menem Carlos Corach, como así también a los secretarios letrados del ex juez Juan José Galeano.

Galeano fue juez de la Nación sugerido por Hugo Azorreguy director de la SIDE durante el gobierno de Menem. Fue destituido en 2005 al probarse pago de sobornos, apertura de legajos paralelos, destrucción de medios de prueba, coacción de testigos entre otros delitos.

El ex juez quiso evitar su enjuiciamiento presentando su renuncia, que fue rechazada por el ex presidente Néstor Kirchner para dejar que avanzara el proceso de destitución.

El atentado a la AMIA ocurrió el 18 de Julio de 1994 donde fueron asesinadas 85 personas